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UNOCOMUNICACIÓN
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MUTABAR TADJlBAEVA
SEPIDEH LABANI
Autora del texto
“La lucha por la paz empieza con la lucha por la paz y la tranquilidad espiritual del pueblo. Esto es posible solamente cuando los derechos humanos y la libertad están asegurados para todo el mundo”
UZBEKISTÁN, 1962
Mutabar Tadjibaeva es la responsable de la organización de defensa jurídica Ut Yuraklar (Corazones Ardientes) y editora de su revista, del mismo nombre, en el Valle de Ferghana. Fundó la organización en el año 2000 para representar a los ciudadanos y las ciudadanas de los ámbitos rurales, para luchar por sus derechos y apoyarles en sus batallas ante la justicia. Organiza protestas no violentas y resistencia contra los actos ilegales del Estado. Ha recibido varios premios por su activismo en la defensa de los derechos humanos, entre otros el premio Martín Ennals para los Defensores de los Derechos Humanos en el año 2008, y fue una de las 1000 mujeres propuestas para el Premio Nobel de la Paz en el año 2005.

“Mi abuela ha sido víctima de la represión estaliniana, que la acusaba de ser una enemiga de la nación. Ahora, en Uzbekistán, el Gobierno me considera como una enemiga del pueblo. En el tiempo de Stalin, era el turno de mi abuela, ahora es el mío”, dice Mutabar Tadjibaeva. Las largas y geométricas avenidas no fueron lo único que Tachkent, la capital de Uzbekistán, heredó de la época soviética. Islam Karimov, el que fue Secretario del Partido Comunista local en la época de la URSS, ganó el año pasado sus terceras elecciones consecutivas con más del 88% de los votos. Son más de 20 años de un reino autocrático en el cual cualquier oposición ha sido eliminada. “Yo soy libre, pero Uzbekistán es un país muy peligroso para trabajar como activista de los derechos humanos. Pero gracias a Dios, si una tiene el valor suficiente, siempre hay posibilidades de actuar. A pesar de las amenazas y de las violencias que he sufrido, he decidido seguir luchando”, afirma Mutabar.

Antiguamente, Uzbekistán era una tierra de fastos y de riquezas. Las caravanas de la ruta de la seda la atravesaban. Poco queda de este pasado lujoso. En la actualidad, está atravesado por las rutas que buena parte de sus habitantes, es decir la mitad de la población de Asia Central, recorren hasta la Federación de Rusia o a Kazajstán para encontrar trabajo.

Mutabar es presidenta de la ONG Ut Yuraklar (Club de los Corazones Ardientes). Su trabajo consiste en llamar la atención sobre las violaciones de los derechos humanos en el valle de Ferghana —una de las regiones más conflictivas del Asia Central— y en ayudar a las personas a obtener justicia. Supervisa juicios, publica artículos sobre el trabajo infantil, informa sobre las violaciones de los derechos de las mujeres y organiza campañas de sensibilización. En el año 2003, Mutabar Tadjibaeva fue golpeada por la policía en la cabeza en medio de la represión policial contra una manifestación que organizó Mutabar para pedir la destitución de un fiscal local corrupto.

Las cosas cambiaron muy seriamente para Mutabar en el año 2005, cuando tuvo lugar la masacre de Andijan. El 13 de mayo del 2005, centenares de habitantes de esta ciudad se manifestaron pacíficamente en solidaridad con 23 jefes de empresas acusados de fraude fiscal y de islamismo. El ejército empezó a disparar a ciegas a la masa de gente que estaba manifestándose, matando a 700 personas. Según la versión oficial murieron 187 islamistas. Para eliminar cualquier rastro de la matanza, el Gobierno lanzó una caza para arrestar a todos los y las disidentes y las personas que fueron testigos de aquellos acontecimientos. Acusada de ser una de las organizadoras, Mutabar fue condenada a ocho años de cárcel el 7 de marzo del 2006, cuando estaba a punto de salir hacia Dublín para relatar los hechos ocurridos en la masacre, aportando datos y documentos, a una plataforma para la defensa de los derechos humanos. “Después de dos meses, el fiscal me pidió escribir una carta abierta al presidente para que me perdonara los supuestos crímenes que hubiera cometido durante estos eventos”. A pesar de los malos tratos que tuvo que aguantar durante todo su encarcelamiento, nunca cedió. “Durante los dos años y ocho meses que pasé en la cárcel de mujeres de Tachkent, nunca imaginaba que podría salir viva de allí. En varias ocasiones, me despedí de mi vida, especialmente durante las largas temporadas de invierno cuando me metían en celdas de aislamiento heladas cuando sólo tenia una camiseta para vestirme. He temido también por mi vida cuando me llevaron por la fuerza y sin ninguna explicación a un quirófano... Estaba convencida que mi hora había llegado”.

Desde su llegada al poder, Karimov ha demostrado su eficacia en la caza de opositores y opositoras políticas, de periodistas y de militantes de los derechos humanos. Frente a este control absoluto del Gobierno sobre todas las esferas de la sociedad, la ayuda internacional ha sido esencial. “Escuché en la radio que Amnistía Internacional me estaba apoyando como presa política. La administración de la cárcel me preguntó enseguida cómo esta organización había conseguido estas informaciones, estaban sorprendidos porque sabían hasta el número de mi celda. Este apoyo masivo se convirtió en tema de discusión en la cárcel. La administración entendió enseguida que no estábamos solas, aquí, encerradas”.

El 21 de noviembre del 2008, Mutabar recibe el prestigioso Premio Martin Ennals para los Defensores de los Derechos Humanos. Probablemente gracias a este premio Mutabar fue liberada tan sólo 17 días después de haber sido elegida como candidata al premio. También gracias a este reconocimiento ha podido volver a su país y seguir con su trabajo en Tachkent. “Este premio tiene que servirme de escudo”. Es un escudo necesario en esta dictadura de Asia Central donde el individuo tiene que confrontarse a un sistema omnipresente.

Desde su puesta en libertad, Mutabar ha retomado su activismo a pesar de todo lo que ha sufrido y temido por su vida. Está intentado registrar su ONG, continúa dando entrevistas a periodistas independientes e internacionales, criticando las condiciones y los malos tratos en las cárceles. Y a la vez sigue buscando un diálogo constructivo con las autoridades sobre las cuestiones cruciales de los derechos humanos. Mutabar tuvo que pagar un precio muy alto por su defensa de los derechos de las personas, pero en ningún momento se ha arrepentido de su elección. Su compromiso es una fuerza para la transparencia, la democracia y la buena gobernabilidad en Uzbekistán así como un ejemplo del poder de los individuos que deciden hacer frente y movilizar la atención internacional para defender los derechos humanos. Esto fue lo que comentó poco después de su liberación: “Pueden romper mi cuerpo, pero nunca romperán mi espíritu”.

Mutabar Tadjibaeva es optimista con el futuro. “Tengo confianza en una sociedad que desea más democracia. Siempre he dicho a las personas que tienen dudas que la esperanza es como una flor en el punto culminante de la montaña. Si uno quiere alcanzar esta flor, tiene que atravesar muchas dificultades. Pero si uno quiere realmente atraparla, lo puede hacer. Mi ejemplo lo demuestra. He atravesado muchos momentos terribles en mi vida pero finalmente lo he conseguido, he podido coger esta flor magnífica”.