Semblanzas
ROBERTO AMORÓS
Autor del diseño
HAGAR ROUBLEV
LAURA ALONSO CANO
Autora del texto
“Yo no quiero ser el enemigo”
ISRAEL, 1954 - 2000
Durante la primera Intifada, en 1988, fundó Mujeres de Negro de su país. Líder carismática, desde muy joven militó en movimientos políticos que demandaban el abandono incondicional por parte de Israel de los Territorios Ocupados en 1967. Se opuso al nacionalismo sionista, y estuvo a favor de la creación de un Estado binacional laico para israelíes y palestinos. A título póstumo, recibió el Premio Andrei Sajarov del Parlamento Europeo y el Premio del Milenio para Mujeres por la Paz, patrocinado por el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) y la organización International Alert. También participó en la creación de Bat Shalom (Hijas de la Paz), un espacio de coordinación entre mujeres israelíes y palestinas del que fue directora política desde finales de 1999 hasta agosto del 2000.

En 1967 Hagar Roublev tenía tan sólo trece años, los suficientes para saber ponerse del lado de la paz, buscar la justicia y rechazar la violencia. En el mes de junio de ese año el Gobierno de su país, Israel, emprendió una campaña militar que tuvo como consecuencia la ocupación de nuevos territorios palestinos más allá de los inicialmente acordados en el Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1948.

Desde entonces Hagar escogió un camino que recorrería durante toda su vida: rechazar la política belicista del Gobierno de su país formando parte de los movimientos políticos que reclamaban el abandono incondicional de los Territorios Ocupados. Su apoyo a la causa la llevó a trabajar durante tres años en París en la oficina de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

En diciembre de 1987, en un clima de extrema hostilidad, se desencadena el levantamiento de la población palestina de los Territorios Ocupados de Cisjordania y la Franja de Gaza contra la política de represión del Gobierno de Israel, dando lugar a la primera Intifada. Hagar Roublev había regresado hacía unos meses de Paris. Aquella lucha desigual arrojaba cada día nuevos muertos sobre todo del lado palestino, y pronto advirtió que, una vez más, su corazón no hallaba espacio para la indiferencia.

Pocos días después del levantamiento, en su pequeño apartamento de Jerusalén, Hagar buscaba en su cabeza alguna manera de protesta pacífica que mostrara su total oposición a la ocupación de los territorios a la vez que necesitaba identificarse con el dolor del pueblo palestino, el supuesto enemigo. Lo propuso a sus compañeras pacifistas y feministas y decidieron pasar a la acción saliendo a la calle.

El primer día tan sólo eran ocho mujeres, pero eso no las detuvo: vestidas con ropas negras, simbolizaron el dolor de la pérdida de hijos, de padres y de hermanos en un conflicto estéril: los muertos palestinos también eran sus muertos. Se guardaron las palabras y caminaron en silencio, conscientes de que ningún grito sonaría más alto que el de la injusticia de todo un pueblo despojado y oprimido. Sólo sus pancartas escritas en inglés, hebreo y árabe desvelaban su osadía: “Detengan la ocupación”, “Yo no quiero ser el enemigo”, “Rehúso ser enemiga”, “Deshagan los asentamientos judíos en Palestina”. Nacía así Mujeres de Negro de Israel, que, con el paso del tiempo, supuso un referente para muchas mujeres pacifistas en todo el mundo.

Tras su primera salida, Hagar y sus compañeras decidieron seguir manifestándose todos los viernes de una a dos de la tarde, aprovechando el momento más concurrido de la Plaza de París en el Jerusalén occidental.

Tal y como cuenta Hagar, “empezamos a manifestarnos ocho mujeres y tres meses más tarde, el 8 de marzo, éramos ya cien. Éramos mujeres de la izquierda, claro, pero no de extrema izquierda; en la manifestación había mujeres del Partido Laborista, muchas mujeres a las que la Intifada les marcó mucho y que querían salir a la calle para protestar”.

La propuesta de Mujeres de Negro era sumamente provocadora: mujeres denunciando al Gobierno de su país en la calle, ocupando un espacio público que tradicionalmente les estaba vedado, tomando como propias las muertes del otro lado. En palabras de Hagar, “por primera vez muchas mujeres empezaban a mantener de hecho una discusión política. Para organizar las manifestaciones había que decidir cuál era la posición, en qué cosas se estaba de acuerdo. Al menos los viernes en casa, durante la cena, en 150 hogares israelíes se discutía y se escuchaban otro tipo de opiniones sobre la solución del conflicto y esto era muy importante...”.

Pasaron los meses y el colectivo Mujeres de Negro continuó saliendo cada viernes a las calles de Jerusalén, de Tel Aviv y de otras muchas ciudades. Llegaron a celebrarse treinta y dos manifestaciones simultáneas en Israel. Con la invasión iraquí de Kuwait y el lanzamiento de misiles sobre territorio israelí cundió la histeria nacionalista en uno y otro lado. Tal y como relata Hagar, “en aquel momento dejamos durante tres semanas de manifestarnos en Jerusalén y los viernes nos reunimos para hablar. Después de esos tres encuentros yo me levanté y dije: ‘Estoy harta de hablar, no tengo más que decir. Tenemos que ir a la calle y no tenemos que preguntar la opinión y el derecho a nadie’. Entonces se levantaron 50 mujeres y salimos a la calle pero nuestras manifestaciones nunca fueron tan numerosas como antes.”

La opción de Mujeres de Negro nunca fue fácil: “No había una manifestación en Jerusalén sin que la derecha convocara una contra-manifestación. Hubo momentos en los que los hombres de la derecha aparecieron llevando armas para manifestarse contra nosotras. Había mujeres que tenían mucho miedo, no personal, sino miedo a la situación, la situación era tan tensa y los hombres llevaban siempre armas”.

Hagar pronto tuvo la certeza de que debían tender lazos con las mujeres palestinas y algunas que vivían en territorio israelí se unieron a sus manifestaciones, pero ese camino era difícil de recorrer en lo físico (las palestinas no podían cruzar al lado israelí), y también en lo ideológico (había que buscar puntos de encuentro en un mar de recelos y distancias). No siempre funcionó, pero no estaban dispuestas a abandonar el objetivo. Algunos años después Hagar, junto a otras compañeras feministas, promovió Bat Shalom (Hijas de la Paz) como un espacio para las mujeres que trabajan por una paz verdadera basada en una solución justa del conflicto palestino-israelí.

Hagar Roublev era carismática, tenía capacidad de liderazgo y aportaba coherencia y tenacidad a todas sus denuncias, no sólo contra la injusticia que sufría el pueblo palestino, también en defensa de los derechos de las mujeres, especialmente su libertad política y su sexualidad, enfrentando abiertamente las poderosas convenciones sociales y religiosas y promoviendo el movimiento antinuclear de su país.

A finales de 1990, a las puertas de la Guerra del Golfo, el movimiento Mujeres de Negro llega a Italia, Alemania, India, Australia, Estados Unidos, tomando especial importancia Mujeres de Negro de Belgrado en su denuncia pacífica contra el militarismo de Milosevic a partir de 1991. La Red Internacional de Mujeres de Negro contra la Guerra es hoy es un referente internacional de la no violencia, en palabras de la Red, “por ser la herramienta en la que creemos para trabajar por la paz y el antimilitarismo e ir creando una nueva sociedad donde se pueda expulsar la guerra de la Historia y de nuestras vidas”.

La muerte sorprendió a Hagar Roublev en el año 2000 con tan sólo cuarenta y seis años. Su activismo supuso convocar nuevos horizontes con los que construir la paz, en muchas ocasiones difíciles de alcanzar, pero siempre posibles.